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¡Huevos!
La mañana llegó con un torrente de molestias. Amanecer hecho pomada se ha convertido en mi deporte favorito a pesar de no pecar la noche anterior. Entre una punzada en la rodilla y una aplanadora pasando por mi espalda, recobré el conocimiento. Y mientras meditaba sobre mi insoportable dolor de cuello, trataba de espabilar. Finalmente salté de la cama. Con los ojos tierrosos, temerosamente entré a la regadera. De pronto un terrible antojo me invadió y aceleré la ducha para tener tiempo suficiente de preparanme unos huevos. De esos con leche que quedan tan tiernos y con un color tan amigable con la mañana. Segundo a segundo salivaba más. Y poco a poco fui agregando más a la orden. Un jugo de naranja. ¡Si! ese que en la mañana se ve hermoso con el sol que entra directo por el balcón. Y un café con leche. Ese que me queda casi como el de un café en París. Apresuradamente trataba de quitarme el jabón, pero mi torpeza era enorme. Finalmente lo logré. Tras los acostumbrados segundos bajo el agua fría, salí corriendo a vestirme. Hoy he regresado al Uniformenúmerouno. Bueno, así le llamo porque a principios de año fue lo que siempre llevé al trabajo todos los viernes durante tres meses. Ya instalado en la cocina, aún invadido por la torpeza, me esforcé por coordinar las sencillas tareas necesarias para llegar al plato final que imaginé en la regadera. Mientras los huevos se cocían lentamente en la leche, molí el café, lavé la cafetera, la preparé y la puse en la estufa. Decidí que ya era momento de abordar el jugo. Mientras daba reenergizantes sorbos, sacaba el pan para meterlo al horno. Una vez puesto todo a trabajar, moví lentamente los huevos mientras me encaminaba al fondo del vaso de jugo. "¡Ah! ¡Me falta calentar la leche!", pensé desesperadamente; con miedo a perder la coordinación recién ganada. De inmediato, la puse a fuego y retomé mi calma frente a los huevos. Poco a poco fui ordenando todo: el mantel, los huevos y el pan al plato, el café con la leche (en medida exacta) y la catsup a la mesa. Y justo antes de sentarme, al regresar la vista del balcón, vi sobre la mesa la primera gran escena del día: unos huevos hermosos bañados por el sol. Y parecían tratar de competir con el café a ver quién sacaba el humo más sexy; para seducirme.
Y no lo pude evitar. Atrapé a mis maravillosos huevos.
1 comentario:
me imaginé...
despertar con tal desayuno servido...
excelente cocinero has resultado!
felicitaciones
besos.
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