Estático
parado en medio de todo
mirando sin mirar
insisto en tomarme estos instantes de la tarde en que me pongo en pausa y pienso en nada. Por lo general, la gente no cree que alguien pueda pensar en nada, pero sí sucede. Y es maravilloso. Es sumamente atractivo tener la mente en blanco. Para bien o para mal, pero es algo que a menudo sucede.
Esto no es un acto voluntario. No. Es todo lo contrario. Y de pronto me descubro en esta pausa sin tiempo preestablecido. Me doy cuenta de que mi mirada sale y entra en foco; escucho y no. Me encanta. Me encanta porque después viene una idea que llega suavemente. De manera sutil aterriza como si se resbalara por una cascada de algodón y se instala frente a mí. Y es más disfrutable de esta manera, con este inicio tan suave y sin la necesidad de buscar ferozmente hasta encontrar algo en qué pensar.
De esta manera me recuesto en mis fantasías para dejarme abrazar y tomar ese respiro reconfortante que se absorbe cuando disfrutamos de nosotros mismos.
Una puerta a la felicidad puede ser estos momentos en que uno inventa lo que mejor le viene; en que uno se instala en ese mundo en que sucede sólo lo que uno manda.
Por un rato escribo, pero al siguiente instante me resumerjo en este gozo.
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