



Inesperadamente llegó. Sólo se anunció poco antes con fuertes soplidos que me llenaron los ojos de polvo. Cayó como una gran ducha. Volvió loca a la ciudad. Como ahora trato de ser precavido, cancelé mis planes de esa tarde y me refugié en casa. Esperé a que regresara la electricidad y el agua. En la penumbra jugaba a imaginar que las nubes entraban por mi ventana e iban creando formas que debía adivinar. Un conejo después de una manzana; una barracuda que pasaba de largo; una flecha que quizás perseguía a la barracuda; unas alas.
Antes de hartarme, la luz regresó. Serví un vermouth, encendí un cigarro y me senté en la barra de la cocina viendo hacia el balcón; viendo hacia la ciudad que aun se mojaba con la lluvia de Monterrey.
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